Cuentos 14 August, 20180

Dalila de Nuevo

Realmente extraño a Dalila. Su ropa sigue en el armario, en una gaveta están sus zapatos, su perfume en la cómoda, sus collares, el cepillo sucio y rastrillando aún numerosas hebras, junto a todo tipo de juguetes para acomodar su belleza. Todo se me revela como un signo. Ella nunca fue indecisa. Ni siquiera al vestirse hacía el cómico espectáculo de cambiarse varias veces, o de preguntarme si lucía bien. Simplemente se ponía algo. Y siempre lucía atractiva. Todo sigue aquí. ¿Qué estará usando ahora entonces? De habérselo querido llevar hubiera podido venir por la mañana, cuando yo no estuviera. Me imagino a mí mismo un día cualquiera, llegando del trabajo. Abrir la puerta y soltar la mochila sobre la mesa. Ir al refrigerador y tomar agua, luego al baño para desecharla, cual si hubiese un conducto directo de un extremo a otro de mi cuerpo. Pasar por el cuarto y notar con sorpresa estúpida (como quien llega a su casa y después de cumplir su rutina descubre que le han robado el televisor, cuando toma el control remoto) que las cosas más evidentes, que me habían acompañado por años ya, han desaparecido. Pero están aquí. Regadas por todas partes. Envolviéndome en una maraña de hilos invisibles. Como aquel cepillo, ahogándose en cabellos finos y rubios. Estoy atrapado en el capullo de una araña.

Es un signo inequívoco. Aun no he desaparecido por completo. Cuando alguien le disgustaba lo convertía, como por magia, en un fantasma. Podía pasar a su lado o incluso dirigirle la palabra. Ella lo ignoraba con tal seguridad, que el espectro se desvanecía en un aire de transparencias. Por mi parte, estos trances me ponían en un cepo de incomodidad. Dalila entonces me sonreía sin sarcasmo. Y actuaba con tal naturalidad, que a veces, me daba espanto. ¿Puede que me espere esa suerte? Me pregunto quién sería yo, si finalmente pasara a ser uno más de ese más bien poblado limbo de desconocimiento. Para ella nadie, está claro. Pero ¿y para mí mismo?

Me he masturbado dos veces ya.

Me duele ligeramente un costado. Como si hubiese corrido unas pistas. Es un problema que antes no tenía. Ahora, de vez en cuando, siento ese dolor. Me quedó tendido en la cama. Espero que así, en completa inmovilidad, se me pase el malestar.

Proyecto en el cuarto mis movimientos, como si se tratase de una película. Imagino que me levanto. Me observo en el espejo desde la cama. Deambulando por el cuarto, hablando conmigo mismo como un loco. Pero las palabras no me llegan. Farfullo en un idioma ininteligible. Voy de un lado a otro, intentando deshacerse de la maraña de pelos que me rodea. Pero estoy como un delfín atrapado en la red de algún pescador, con cada movimiento me enredo más y más. Ya empieza faltarme el aire. Tengo pocos minutos para resolver este acertijo de nudos y llegar a la superficie. Aire, aire. Una uña aguda me roza la espalda. Siento un escalofrío que me congela. Uno vello firme, pero sedoso, acaricia mi nuca, y la uña amenaza con hundirse en mi piel. Estoy demasiado asustado para mirar, incluso para recordar que me estoy asfixiando. Estoy de vuelta a la cama. No he hecho nada.

Pero me levanto de nuevo, y a través del espejo veo a un monstruo de espalda negra y velluda. Se ha encaramado en mis hombros. Grito. Y algo me ha atrapado en su red. Es una pesadilla, seguro. Intento convertir aquel sueño en algo agradable. Pienso en Dalila. Me vuelvo. El sexo de Dalila contra mi nariz. Ese era el pelo que sentía en mi cuello. Qué suerte. Sus piernas comprimen los flancos de mi cabeza, me cubren los hombros y rozan mi espalda. Aún siento un pinchazo en la columna, como si la uña de metal no se hubiese nunca retirado de allí. Me espera el horror. Lo sé. Pero alzo la vista de todas formas, temblando, inducido por un morbo insano. Sobre mí, suspendida del techo por un amasijo de cordones blancos, está Dalila. Pero sus manos son delgadas, angulosas y negras, como las patas de una araña. Nacen a ambos lados del torso. Más arriba de su abdomen no hay senos, sino unas bandas oscuras sorteadas por pliegues, que parecen piezas de armadura. Finalmente la uña se entierra. Chorros de semen brotan de la herida. Lanzo un grito. Ella ríe a carcajadas. Se pliega con elasticidad. Su boca cae y hace víctima en mi espalda. Bebe. Estoy de vuelta en la cama. No he hecho nada.

Me veo a través del espejo. Tendido en el suelo. Ahora completamente envuelto en un capullo de hilos blancos. Dalila me susurra cosas hermosas, que no puedo organizar. Es algo de que me va a llevar al zoológico cuando crezca. Que me van a gustar los animales. Y luego al acuario, donde hay unos peces grandes que se llaman delfines, que respiran aire como nosotros. Y hacen un show, que brincan y hacen monerías. Me quedo dormido, mientras ella suavemente me chupa las venas. Y cada vez que retrae la boca, me dice algo hermoso. Después me canta. Se ha aburrido de chuparme, así que me canta. Y me quedó dormido de una vez. Estoy de vuelta en la cama. No he hecho nada.

Estoy tendido sobre la cama. Pienso. Hay una forma de evitarlo. Esconder sus cosas. Todo. Recoger cada una de sus pertenencias y esconderlas donde no pueda hallarlas. Sólo así evadiré ese salto dimensional entre la presencia y la nada.

Me levanto. Me veo a mi mismo a través del espejo. Imagino que me levanto. Proyecto en el cuarto mis movimientos, como si se tratase de una película. Me acerco a la cómoda y valoro qué tiene más importancia. Qué se llevaría primero, porque eso es lo que debo enterrar más profundo. El cepillo, sí. Su cepillo. Tiene el pelo malo. Pasamos horas buscando un cepillo que no le hiciera daño.

Recuerdo que estábamos en 5ta y 42. Habíamos ya caminado dos veces todo el complejo de arriba a abajo. Empezaba a sentirme realmente molesto con aquel itinerario azaroso. Y sobre todo temía que se enamorara de algún par de zapatos, o de alguna blusa y que me dejara sin dinero para las cervezas. Salir de compras con una mujer es muy peligroso. Pero ella parecía muy concentrada, buscando el cepillo de pelo perfecto.

– Este tiene las celdas muy duras. – Se volvió. – Además vale nueve dólares.

Saqué cuentas. Demasiado. Tres cervezas menos. Un horror.

Le pidió otro a la tendera, que se lo trajo solícitamente.

– No has pensado que si dejan a todo el mundo pasarse los cepillos por el pelo como haces tú, pueden tener piojos o tiña. – le comenté a Dalila, mientras probaba el cepillo. Detrás del mostrador la tendera me miró con hostilidad.

– Este tampoco, es muy… muy…- se volvió hacía mí. – Pruébalo.

– Da igual. Yo no sé de esas cosas.

– Pudieras ayudarme más.

– Si te vas a poner brava con lo que respondo, para que me preguntas en primer lugar. Yo no sé un carajo de cepillos.

– Tienes pelo.

– Como si no lo tuviera. Sabes en qué estoy pensando. No es en el cepillo en tu mano, sino en las cervezas allá afuera, en la dispensada. Así que acaba con la jodedera del cepillo, cómprate un peine si quieres, y vamos a tomarnos unas frías, anda.

– Pues tu dispensada va a tener que esperar hasta que encuentre algún cepillo que me guste. Podría mostrarme aquel – dijo volviéndose hacia la tendera. – ¿Qué te parece este? – dijo mostrándome otro que la señora le había extendido. Hice una mueca.

– Para salir de compras mejor llevas a una amiga. – dijo la tendera. – Los hombres son fatales en estos trances.

– ¿Quién te pidió tu opinión? – le espeté. Y ella me carbonizó con una mirada de psicópata incendiaria. – Esto no es asunto tuyo. Tú traes el peine y te vas.

– No es un peine, es un cepillo. – Me dijo y se retiró del mostrador.

– A quién le importa.

– No seas así. Sólo quiere ayudar. – me dijo Dalila.

– No hace falta tanta ayuda, no tanta. Acaso es Calviño para estar dando consejos.

– Mi amor, pero que carácter tú tienes. – Dijo la tendera desde el fondo.

– ¿Sabes?, voy a obviar tus comentarios. Voy a obviar tu presencia. No sé ni con quién estoy hablando. Debo estar loco y hablando sólo, porque aquí no hay ninguna otra persona.

– No eres bueno en eso. Te lo tomas muy a pecho. – Me dijo Dalila. – Este tampoco me gusta. – Dictaminó. Lo manoseó unos segundos más y lo devolvió a la tendera. Sólo faltaba uno por probar. Valía trece dólares. Eso equivalía a siete cervezas menos. No estaba dispuesto a pagar tanto. Yo lo sabía, Dalila lo sabía, hasta la tendera debió adivinarlo por la cara que puse cuando Dalila le pidió que se lo alcanzara, para verlo. La mujer lo trajo y lo puso sobre el mostrador, no sin antes dirigirme otra andanada de bombas incendiarias, que menudearon a mi alrededor chamuscándome la autoestima.

– Deja el puñetero cepillo y vámonos.

– ¿Qué?

– Que dejes el puñetero cepillo, así – dije arrebatándoselo de las manos y poniéndolo de golpe sobre el mostrador de vidrio, que tembló sensiblemente – y vámonos.

– ¿Qué te pasa? No puedes tratarme así.

Vi como la tendera salía del mostrador y se perdía por una puerta lateral. No le presté más atención a ese detalle.

– Claro que puedo. Eh. Ya lo hice. Ahora nos vamos.

– No voy a ningún lado contigo. Yo quiero mi cepillo. – Y recogió la maldita cosa del mostrador.

– Te dije que…

– No pueden hacer este espectáculo. – Advirtió una voz de bajo a mis espaldas. Me volví y me encontré súbitamente frente a un guardia de seguridad. La tendera estaba parada un par de metros detrás. – Aquí no queremos este tipo de discusiones. Ahora por favor acompáñeme a la salida.

Medí la estatura y los músculos del hombre. Al un lado del cinto le colgaba una arma lustrada. Calculé mis probabilidades de supervivencia: tendían a cero. Fue un sentimiento material, algo más profundo que lo instintivo, algo que se desplazaba en mi piel de un lado a otro diciendo: obedece o estás muerto, chama.

Salimos acompañados por la tendera y el guardia. Nos condujeron y dejaron en la puerta como a ovejitas.

– ¡Mierda! Quiero esas cervezas.

Dos horas después Dalila y yo estábamos riendo, algo borrachos ya. Dalila tenía aún el cepillo en la mano. Si hubiéramos querido robarlo, no nos hubiera salido tan bien.

Le quito las hebras cuidando no dejar ni una. Si se va a enterrar algo, mejor que esté limpio. Súbitamente, el cepillo cae de mis manos. No lo he dejado caer, ha caído por sí mismo. Fue como si atravesara mis dedos incorpóreos. Me detengo aturdido ante esta novedad. El cepillo descansa donde aterrizó. Aproximo mi mano, pero no puedo recogerlo. Mis dedos pasan alrededor de su contorno como si fuera una ilusión. Algo dentro de mí explota en llanto. No hay tiempo. No te queda mucho tiempo.

Me abalanzó sobre la cómoda e intento abrazar de lleno todos los frascos y pomos. Quiero estrecharlos contra mi pecho. Evitar que huyan como el cepillo. Me incorporó acurrucando el aire. Todo me ha esquivado. Se ha evadido a través de mi carne. Queda la ropa, el closet lleno de su ropa. Me acerco a la puerta cauteloso. Estoy temblando. Ahora debo abrir el closet, y averiguar si puedo sostener aún su ropa. De lo contrario, estoy perdido…

Y de vuelta en la cama. No he hecho nada.

Me veo a mi mismo a través del espejo. Proyecto mentalmente mi imagen en el cuarto. Deambulando por el cuarto, hablando conmigo mismo como un loco. Pero las palabras no me llegan. Farfullo en un idioma ininteligible. Voy de un lado a otro, intentando deshacerse de la maraña de pelos que me rodea. Estoy envuelto en una red de cabellos. Y Dalila, a lo lejos, sonríe complacida. No puedo escapar. Soy como una marioneta. Sus cosas me rodean como un recordatorio amenazador. Como las opresivas ruinas de un antiguo imperio. Quién puede vivir sin su gloria. Quién entre sus ruinas.

Si tan sólo pudiéramos retroceder un par de jugadas. Como hacen los ajedrecistas inexpertos. Entonces ¿qué?

Fotografía: José Estuardo