Cuentos 14 August, 20180

Dunia

Ella me mira desde la cama con ojos de asesina. Sé que podría, llegado el caso, matarme. Los conozco de antes… esos ojos. No es primera vez que me muestra unas pupilas amarillas de odio, o azules de desprecio.

A veces le cruzaban demonios por el rostro; ángeles negros que contraían sus facciones en un rictus aterrador, que afortunadamente duraba apenas un instante. Pero durante esos segundos, temblaba por dentro.

Otras, sólo brotaba un frío azul de su mirada. Alzaba entonces con superioridad la frente, y su cuello se me antojaba inmenso. Pasaba a mi lado como si yo ni siquiera existiera. De la mano de alguien escogido al azar entre la multitud de la fiesta. Bailaban en el medio de la sala. Y se me antojaba más sensual que nunca. Me acorralaba contra una pared. Donde mis músculos se volvían líquidos y todo mi ser se transfiguraba en sombra o fantasma. Quizás entonces me emborrachaba en serio, a fondo. Hipnotizado por su aura. Siguiéndola celosamente, con discreción humillante, de habitación en habitación. Ella siempre lo notaba. Estoy seguro que cuando bailaba me observaba disimuladamente por sobre el hombro. En medio de una vuelta o mientras su cuerpo cedía dócilmente a las maniobras de su pareja casual, veía resplandecer sus pupilas azules en la oscuridad. Aquel azul que me hacía pequeño, insignificante hasta el olvido.

Siempre perdía en esas peleas.

Alguna que otra vez acabaron a trompadas. La alcanzaba en la esquina, o a la salida de la fiesta, e interrumpía su equívoco itinerario de la mano de cualquiera. Se cruzaban ofensas en todas direcciones, como el fuego cruzado de una guerra. Antes de que nos diéramos cuenta de qué pasaba, estábamos los tres rodando por el suelo. Enredados a golpes, mordidas y arañazos. Cuando lográbamos desprendernos de aquel nudo de odio, nos marchábamos cada cual por nuestro lado. Y aunque con el cuerpo maltrecho, así, al menos, me iba con el orgullo intacto.

Otras me conformé con saciarme en alguna muchacha. Un placer rozado pálido que resultaba incompleto. Esos apretones de revancha, en una escalera, o en un banco abandonado, nunca sirvieron de nada. Ni aun cuando la muchacha en cuestión me gustara. Aun cuando en la fiesta hubiera intentado abordarla. Me desprendía del cerco que a mi alrededor tendía Dalila, hecho de invisibles poderes – siempre me hallaba así, como en su feudo, arropado con un cariño que a veces escocía, como los abrigos en verano. Me escabullía con cualquier pretexto o fingía estar enojado con ella, inventándome excusas para discutir. Era entonces que Dalila ponía aquellos ojos azules, de frialdad nórdica, como si dijera: “dos podemos jugar a esto”.

Y todo el ciclo se repetía con monótona homogeneidad. Con insignificantes variaciones.

Todo esto era, no obstante, preferible a los pocos incidentes en que se manifestó su furor. Cuando sus ojos adoptaban aquella inconfundible tonalidad amarillenta, y los demonios y ángeles negros contraían sus facciones en un rictus. Como cuando le tajó el cachete a Dunia – a través de la piel, cruzada de lado a lado por el filo, creí distinguir el blanco de los dientes, y no pude contener el vómito. Como cuando llegó inesperadamente y me arrinconó contra el ángulo de las paredes de mi cuarto, y yo, desnudo y lleno de mis propios jugos el pecho, temblé por dentro. Mientras Dunia trataba de contener la hemorragia con una mano escarlata. Gritando. Gritando. Sobre la cama donde unos minutos antes estaba abierta de piernas debajo de mí.

Salí del baño con la toalla como falda, en la cintura. Me senté a su lado en la cama.

– ¿Te gustan?

Dijo destapándose el pecho. Miré con codicia los senos de piel suave y lustrosa. Colgaban un poco. Parecían más
grandes de lo que en realidad eran, en el cuerpo escuálido de Dunia.


– Sabes que sí.


– No, nunca me lo habías dicho.


– Tampoco tuve oportunidad. Tal y como pasaron las cosas.


Traté de besarla, pero ella ladeó el rostro esquivándome y volvió a cubrirse.


– No me gusta jugar a esto. Tengo bastante, y ninguna necesidad de aguantar majaderías. – dije molesto.


– ¿Te gustó cogerme el culo?


– Sí. ¿Y a ti?


Se encogió de hombros.


– Fue interesante.

La inconveniencia del diálogo me confundía. Pero decidí insistir un poco más.

– ¿Lo haces a menudo?


– Sólo lo he hecho dos veces.


– Lamento haber llegado segundo. – afirmé con convicción sincera.


– Fuiste el primero. – sonrió fugazmente – Lo hice con mi novio después. Y no me gustó, nada. Lo dejé.


– ¿Por qué?


– Eso no daba más.


– últimamente oigo eso a cada rato. ¿Qué se supone que signifique? – pregunté retóricamente.


– Te pelaste con Dalila, ¿eh?


Asentí. De repente, Dunia ya no me interesaba en lo absoluto.


– Pensé que lo sabías. Pensé que por eso habías venido.


– Vine a que me cogieras el culo de nuevo.


– Pero no a besarme.


– No.


– Entonces supongo que va a ser todo bastante atlético. Como correr un par de pistas. Desnúdate.


Se puso en pie. Se quitó la ropa descuidadamente, como un muchacho. Cuando hubo terminado se tendió sobre la cama, boca abajo. Las nalgas pequeñas, firmes.


Con el ruido que hacíamos, no oímos llegar a Dalila.

No era primera vez que Dunia me abría las piernas. Pero era la primera vez que lo hacía sin permiso de Dalila. Y, desde luego, sería la última.

Fotografía: José Estuardo