Cuentos 14 August, 20180

Papeles Sucios

Las páginas en que se basa este trabajo fueron rescatadas de un basurero. Se trata del diario de alguien, encontrado por casualidad mientras revisaba un cesto de basura. Normalmente, eso no entra dentro de mis ocupaciones. Pero verán, aquel cesto estaba lleno de libros. Alguien había decidido hacer limpieza en su biblioteca, supongo. Personalmente no pude resistir la tentación de registrar un poco, porque a juzgar por las portadas, los libros estaban en buen estado. En pocos minutos había reunido casi toda la colección de escritos de Marx, incluyendo una copia del Capital bastante bien conservada y que en una “polilla” probablemente me hubiera costado 10 dólares. Obviamente, el autor de aquel desastre no había tenido paciencia para leer estos libros, o no se hubiese deshecho de ellos tan a la ligera. O quizás, simplemente quería darle un cambio de look a su librero, vaya UD. a saber.

Debajo de aquel montón de textos, encontré también una libreta con forro de cuero que llamó poderosamente mi atención. La abrí, con intención de quedármela si estaba vacía. No encontré objeción a esto, porque de todas formas ya estaba registrando en la basura. Durante un rato la hojeé. Noté que estaba llena de fotos y notas, algunas con fechas, otras no. Me intrigó lo suficiente como para cargar con ella, aún al precio de dejar atrás los Manuscritos Económicos.

Una vez que llegué a casa (después de clasificar los textos y acomodarlos en mi librero) le dediqué toda mi atención a aquel diario. Leí de cabo a rabo cada una de sus amarillentas hojas. No era fácil entender la letra, pero lo que realmente complicaba la lectura eran las flechas, notas, tachones y marcas que a cada rato encontraba. No obstante, al concluir la última página comprendí que no era, hablando estrictamente, un diario. Más bien se asemejaba a una suerte de novela, pero basada sin dudas en experiencias del todo reales. Sobre todo las fotos que acompañaban a las notas, y que habían sido obviamente tomadas in situ, reforzaban esta impresión.

Mucho medité sobre qué debía hacer con esa libreta de cuero, cuyo contenido me había causado la más profunda emoción. La opción inmediata, o sea, usar algunas de las historias para mi propio provecho, no me satisfacía en lo más mínimo. Me hubiera gustado conocer a este escritor y proponerle la publicación de sus textos en mi sitio Web. Pero esto era improbable que ocurriera. Así que decidí publicar sin su permiso estas notas, pero dándole todo el crédito.

Ahora le presento a UD. estás historias. Y espero que pueda sacar de ellas la misma emoción que sentí yo cuando las leí por primera vez, aún cubiertas por el polvo y la suciedad del basurero.

  • Dalila. Ella me mira desde un rincón de la cama con fiereza. Le brillan los ojos como si deseara asesinarme. A veces me da la impresión de que sería capaz de matar, llegado el caso. Yo en cambio no podría.
  • Tania. Tania abrió la puerta con gesto nervioso. Todo lo que hacía tenía esa suerte de apremio inminente que le quitaba gracia a los movimientos y desesperaba a los ojos. Nos dijo, de carretilla, que la esperáramos en la sala mientras se bañaba y cambiaba de ropa, para luego perderse en el interior del apartamento. Tenía mucho que limpiarse, es cierto. No sólo el sudor, sino también el semen (que en casa de Tony sólo había disimulado pasándose una toalla húmeda) de dos hombres.
  • Dunia. Ella me mira desde la cama con ojos de asesina. Sé que podría, llegado el caso, matarme. Los conozco de antes… esos ojos. No es primera vez que me muestra unas pupilas amarillas de odio, o azules de desprecio.
  • Sonia. Sentía que me ahogaba. Frotaba su sexo contra mi cara con desorbitada pasión. A penas podía trabajarlo con la lengua, pues a cada movimiento se me escapaba el blanco. Por otra parte, ella no parecía necesitarlo ya. Así estuvimos un rato. Finalmente se vino y sentí como caía en el descanso.
  • Dalila de nuevo. Realmente extraño a Dalila. Su ropa sigue en el armario, en una gaveta están sus zapatos, su perfume en la cómoda, sus collares, el cepillo sucio y rastrillando aún numerosas hebras, junto a todo tipo de juguetes para acomodar su belleza. Todo se me revela como un signo. Ella nunca fue indecisa. Ni siquiera al vestirse hacía el cómico espectáculo de cambiarse varias veces, o de preguntarme si lucía bien. Simplemente se ponía algo. Y siempre lucía atractiva. Todo sigue aquí. ¿Qué estará usando ahora entonces?
  • Tony. Tony murió. No fue exactamente una sorpresa para nadie. Llevaba varios meses cuesta abajo, sin remedio. Supongo que incluso su familia se hubiera acostumbrado a la idea, si se hubieran enterado de algo.
  • Hablamos. Hablamos. Hoy hablamos y por fortuna, no tuve que mirarle los ojos. Cuando colgué el teléfono estaba completamente aturdido. Ella seguiría llorando del otro lado de la línea…