Cuentos 14 August, 20180

Tania

Tania abrió la puerta con gesto nervioso. Todo lo que hacía tenía esa suerte de apremio inminente que le quitaba gracia a los movimientos y desesperaba a los ojos. Nos dijo, de carretilla, que la esperáramos en la sala mientras se bañaba y cambiaba de ropa, para luego perderse en el interior del apartamento. Tenía mucho que limpiarse, es cierto. No sólo el sudor, sino también el semen (que en casa de Tony sólo había disimulado pasándose una toalla húmeda) de dos hombres. Nosotros dos.

Nos quedamos en la puerta. Pero como no teníamos ganas de hablar pronto nos vimos vagando desordenadamente, como a la deriva, por aquella sala.

La habitación estaba amueblada con gusto antiséptico. Las paredes simulaban la brillante claridad de los laboratorios, acentuada por las luces frías. Unos pocos platos repujados en metal colgaban aquí y allá; intentaban hacer tímida competencia a la más ostentosa colección de títulos y diplomas. Varios de los mismos había sido (a juzgar por el idioma en que estaban escritos) otorgados en el extranjero. Muebles de diseño sobrio y colores oscuros se replegaban en las esquinas. Una repisa con unos pocos adornos esparcidos simétricamente completaban la decoración.

Fue frente a esta repisa donde me detuve, a contemplar aburrido los adornos. Pero a los pocos segundos estaba hipnotizado por un frasco de cristal grueso, de treinta centímetros de alto y tapa como copa, que contenía un feto. El niño flotaba frente a mí. Dormía, tranquilamente, sumergido en un líquido cenagoso. La cabeza era desproporcionadamente grande en relación al cuerpo, fláccido y encorvado. Una mano retorcida a la altura de los labios remendaba el gesto de chuparse el dedo. Por alguna razón, aquella criatura me daba espanto. Con cada pequeña vibración del fluido, con cada onda que acariciara su cuerpo, me estremecía. Lo observé con detenimiento y comprendí de dónde provenían mis miedos: el niño parecía que iba a despertar a cada instante.

– ¿Te gusta? – Me preguntó Tony acercándoseme por la espalda. No pude evitar un sobresalto.

– No, para nada. – Respondí cuando logre asir mis nervios. – Lo encuentro bastante repulsivo en realidad. ¿A quién carajos se le ocurre poner esto en la sala, como si fuera un adorno?

– A mi me parece una ocurrencia simpática.

Miré a Tony con asombro. Lo decía en serio. Pero a mí no se me ocurría ninguna razón para llamar a aquello simpático, y menos ocurrencia. Tony se volvió hacia mí y habló:

– ¿Sabes que es su propio hijo? – Sonrió ante mi azorado rostro.- Sí, en serio. El esposo de Tania es un científico bastante conocido. Cuando ella se hizo el aborto, él convenció a los médicos (que seguro eran amigos suyos) de que lo dejaran conservar el feto. Y como el tipo es una lumbrera y tiene un montón de relaciones además, se lo dejaron llevar a casa. Lo metió en ese frasco de formol y allí lo tienes.

Miré a la repisa del aparador horrorizado. Intuitivamente di un paso atrás.

– No tienes el estómago muy fuerte, ¿verdad, hijo? – sentí que una voz magnánima decía a mis espaldas. Un hombre como de sesenta años, de elevada estatura y pelo blanco, entró en la sala y se sentó en un sillón cerca de la puerta. Después me miró con ironía. Sus gestos eran aún altivos y parsimoniosos. La edad parecía no haber llegado más que para acentuar su majestuosidad, que imponía un respeto hondo y sin réplicas.

Enmudecí, intimidado. Me sentía en presencia del doctor Frankestein.

– ¿Y Tania? – preguntó Tony.

– Ya viene. Se está acicalando. Uds. saben como son las mujeres. No pueden salir ni a la esquina sin pasarse dos horas ante un espejo. Mucho menos a una fiesta, sin antes repasar cada detalle de su apariencia.

– Sí, claro. – convino Tony, y se dirigió a la puerta. El científico lo siguió con los ojos.

Nadie me prestaba atención ahora. Estaba sólo con aquel proyecto frustrado de hombre, sumergido en formol.

– ¿A ti también te gusta mamá?

– ¿Qué? – la voz venía del frasco.

– ¿Que si te gusta mamá? A Tony parece que le gusta mucho. últimamente ha venido a buscarla casi todos los fines de semana.

– No tengo el placer de conocerla. – mentí. Un par de horas antes Tony me había abierto la puerta cubriéndose apenas con una toalla y una sonrisa pícara. A un gesto suyo lo seguí hasta el cuarto. Tania estaba allí, tendida boca abajo. Un tatuaje de contorno triangular nacía de las nalgas sudadas y se extendía por la espalda. El pelo ensortijado resplandecía de humedad también. A ella no le basta con uno. Si tienes ganas, te lo va a agradecer. Creo que sí. Pero vete. No, que se quede, a mi me gusta que me vean, dijo ella volviendo la cabeza hacía mí. Tuve la sensación de que me evaluaba.

– Seguro te va a gustar mucho. A todo el mundo le gusta. No es como mi viejo, introvertido y callado. Ni siquiera habla conmigo sino de tarde en tarde. Ella no. Ella se sienta allí, en ese butacón y hablamos por horas. – No pude evitar imaginarme la escena. Tania en el mueble oscuro, acomodada, con un libro de historias infantiles abierto sobre los muslos, leyéndole de príncipes y gigantes, de un mundo no menos real que aquel que habitaba su hijo.

– Espera. – Regresé de mis fantasías súbitamente, acorralado por una duda inquietante. – Tania es tu madre y él tu padre. Ellos son entonces… ¿esposos o algo?

– No, nunca se han casado.

– Pero están juntos, ¿no?

– Sí, desde hace… como diez años. Tres antes de que yo naciera.

Era obvio que estaba en un error. Pero me dio pena corregirlo.

Miré a Tony. De espaldas a mí en el umbral de la puerta. Había encendido un cigarro y conversaba con el científico. Sus palabras no me llegaban. Flotaban a su alrededor como el humo del cigarro, y se disipaban antes de alcanzarme. En este instante nada puede alcanzarme. Estoy como hundido en el tiempo. Hablando solo supongo, o pensando que hablo.

– A él no le importa.

– ¿Qué? ¿Quién? – dije sobresaltado de nuevo, y empecé a temer que todo el incidente influyera en mi salud mental.

– A papá, no le importa que Tony salga con mamá. Sabe lo que está pasando y no le importa en lo absoluto.

– ¿Ella te lo contó?

– Ella me lo cuenta todo. También a papá.

Me volví hasta que pude ver el butacón a mis espaldas. Ahora Tania estaba sentada con una taza de café y rostro ojeroso. Tosía mucho. Y le contaba a su hijo qué había hecho durante la noche, la fiesta, los tragos, los hombres que había conocido. El niño quizás la aleccionaba desde su frasco, como un adulto, como si fuera su padre en vez de su hijo.

– No lo critico ¿sabes? Pero no creo que lo entienda del todo. – hablé francamente con el feto. – Que ella se le escurra de vez en cuando… ok. En definitivas hay muchas que lo hacen. Sobre todo con la diferencia de edad y todo eso. Ahora, que él le permita a su mujer salir y acostarse con otros hombres (porque supongo que Tony no habrá sido el primero), es ya bastante fuerte para mí. Y si para colmo se cuentan las historias y todo eso… No, no lo entiendo.

– Para mí todo el asunto es muy natural.

– No lo tomes a mal, pero no hay nada natural con respecto a ti. A lo mejor desde esa repisa las cosas se ven de manera completamente distinta, pero créeme, en el mundo real este tipo de situaciones no son tan naturales.

– ¿Qué te hace pensar eso?

– Bueno, a la mayoría de la gente, al menos, – intenté matizar lo más posible mis palabras para no ofenderlo – les preocupa como los ven los demás. Y como eso de compartir la mujer no es usual, puede dar lugar a chismes y situaciones difíciles. – Terminé la frase mecánicamente, sin pensar ya en lo que decía. Mi mente se había transportado dos horas al pasado. Tania boca abajo, gimiendo. Mientras Tony me alentaba desde una esquina del cuarto. Dale más duro, a ella le gusta que le den duro. ¿Así? ¡eh? ¿así? decía yo compartiendo sus carcajadas.

– Se trata de simples convenciones sociales sin sentido alguno. A las que la gente teme por pura hipocresía. En realidad, tienen sus raíces en la religión. Sobre todo en la cristiana que es tan represiva con respecto a la sexualidad.

– De acuerdo, pero ya que existen algún sentido tendrán, ¿no?

– Ninguno. Precisamente ese es el lado oscuro del asunto. Seguro me concederás que somos animales. Simplemente animales.

– Sí. Claro. Pero entre los animales que viven juntos, de manera más o menos organizada, también hay normas de conducta. – El cuarto giraba a mi alrededor. Sentí una gota de sudor caer por mi pecho y enredarse entre los pelos del pubis. Ahora te voy a dar por el culo. No. Cállate. Y le aplaste el rostro contra la almohada. Duro, como te gusta. La guata silenció sus gritos.

– Normas que imponen siempre los fuertes, ¿cierto? El hombre, a diferencia de lo que ocurre con los animales que son marionetas de sus instintos, tiene suficiente razón y sobre todo libertad, para sacudirse de arriba el yugo de esas normas y actuar de acuerdo a sus propias ideas.

No estaba en condiciones de seguir aquella discusión teórica. Frente a mis ojos se presentaba una y otra vez el cuarto de Tony. Y Tania gimiendo bajo mi peso. Abriéndose las nalgas mientras mordía la almohada.

– ¡Oye! – Me sacó de mi abstracción el feto. Su autoridad era tiránica. – ¿Me estás escuchando? – Preguntó dulcemente ahora.

– Sí, lo siento.

– Mi viejo sabe lo que hace. A mi mamá le gusta el sexo. Si la naturaleza la hizo cual es, ¿quién es él para corregirla? Por lo tanto, le permite que exprese esa inclinación natural sin tapujos. De lo contrario, la haría infeliz e insatisfecha. Y ¿en virtud de qué? ¿De normas sociales completamente ilógicas y arbitrarias, dictadas por personas sin suficientes conocimientos para hacerlo mejor?

Tuve que hacer acopio de fuerzas. Me levanté exhausto. Hale del extremo del preservativo, y lo lancé al suelo. Ella se volvió resplandeciente, ya no de sudor, sino de alegría. Me guiñó un ojo y se estiró cuan larga era sobre las sábanas, tensando los brazos y las piernas. El gesto me sugirió un renacer.

– Algo está claro, sabes argumentar. – halagué al feto sinceramente. La encía sin dientes mostró todo el orgullo de que era capaz la criatura. – Tu viejo te ha enseñado mucho.

– Y tú resultas un buen oyente. Aunque, la verdad, deberías tratar de ser menos transparente.

– ¿Qué?

– Sí, tus emociones se manifiestan en la cara como si fueras de cristal. Se pueden leer casi sin necesidad de esforzarse. – El feto, mientras hablaba, había ido adoptando una postura más erecta. Se había envanecido de tal forma, que hasta parecía haber crecido dentro del frasco. – Todo este tiempo has estado temiendo que te descubra. Que me entere de que estuviste con mamá. Francamente, ha resultado muy divertido. Quizás hasta temías que se lo dijera a papá, ¿verdad? Claro que para los científicos estas cosas no tienen importancia, porque debes saber que ni a él, ni a mí, nos importan en lo absoluto. – Esperó un momento y estudió mi semblante con sorna. Supongo que espiaba alguna emoción. Por mi parte, ser aleccionado por un feto me causaba fastidio. – Eres un poco primitivo en tus emociones. Es lógico, cuando no se cultiva el intelecto el corazón queda en manos de groseros prejuicios. A pesar de que la gente inculta cree otra cosa, el refinamiento de…

– Después de oírte ya no me parece tan repulsivo que te guardaran. – Lo interrumpí violentamente. Me había disgustado con su altanería. – Eres como el souvenir de un embarazo. O sea, después de todo eres un simple pedazo de carne. No eres un niño todavía, sino una suerte de quiste. Es, ¿qué se yo? como la gente que pone los huevos sobre el refrigerador. – El feto ya no parecía tan alto ni erguido, así que lancé un último ataque. – No hay ninguna razón para botarte por el tragante, como harían sin duda en el hospital. Hacen flush a la cadena y allá va toda tu sabiduría y tu persona.

La criatura se agitaba dentro del frasco como si tuviera hipo. Daba la impresión de que en cualquier momento iba a empezar a llorar. Hubiera sonreído, pero me embargó una pena tierna como el olor de los niños.

– ¿Quieres ir a una fiesta esta noche? – me preguntó Tony cuando regresó al cuarto.

– Sí. – me puse en pie y me vestí.

– Ok. Te doy la dirección y nos vemos allá.

– Pensaba quedarme aquí un rato. Así que podríamos salir juntos.

– ¿No vas a buscar a Dalila?

– No. Nos peleamos.

– Y eso…

– Es complicado. En realidad no tanto. Ella quiere tener un hijo y yo no.

– Deberían tenerlo. O sea, no es asunto mío. Pero Uds. llevan juntos como cinco años ¿no?

– Seis.

– Ahí tienes. Eso es más que suficiente.

– Depende de como lo mires.

– Siempre estás enredando las cosas. Mejor te bañas, porque hueles fatal. Cuando acabes, nos hacemos algo de comida y luego pasamos por casa de Tania.

– ¿Ella va?

– Claro, no me estás oyendo. -Tania se había bajado de la cama y buscaba algo a gatas. Era gracioso ver como se balanceaban las nalgas. – Por cierto, habla con el viejo. Es un tipo con unas ideas un poco raras, pero super libres. Y como tú siempre estás en eso de la filosofía, seguro se entienden.

– Tú le hiciste el tatuaje.

– Si, esto de hoy fue el pago. O como la tercera vez que me paga, en realidad. – y sonrió plenamente. – Nunca había visto a una persona tan interesada en pagar en toda mi vida. Por lo general es al revés.

– Te quedó bien.

Tania, mientras tanto, había encontrado lo que buscaba. Se irguió. Giró el tronco como una contorsionista y repasó con la toalla su piel donde quiera que encontró algo de semen. Sostenía la toalla con la mano derecha, mientras que con la izquierda separaba las nalgas. El culo se había acomodado al uso. Por el agujero abierto, pensé, cabría sin dificultad un doblón español. La dejé con su limpieza de gato y me fui al baño. A darme una ducha como Dios manda.

– ¡Oye! ¿Estás sordo o qué? – me apremiaron.

– Lo siento, me distraje. – dije desconcertado.

A mi lado estaba Tania completamente vestida y lista para la fiesta. El feto había vuelto a ser una masa blanca que flotaba inerte.

– Nos vamos. – casi me ordenó Tony. El científico estaba a su lado. Leía atentamente una revista. Levantó a penas la vista para despedirse de nosotros.

Mientras cruzaba el umbral de la puerta, volví la cabeza por encima del hombro. Di una última mirada de reojo a aquella sala. En especial, al frasco de formol que descansaba sobre la repisa. Desde allí, el feto me despidió con un gesto malévolo.

Fotografía: José Estuardo